sábado, 20 de noviembre de 2010

VARSOVIA


Estaba en Varsovia acompañado de dos amigos. Era domingo. Después de visitar un conocido parque de la ciudad, muy animado -los parques siempre son más entretenidos los domingos-, comimos en un restaurante concurrido por gente joven. Creo que entramos allí precisamente por eso, habíamos tenido demasiados problemas con el inglés, muy poca gente lo hablaba y la poca que lo hacía tenía excesivos problemas para comunicarse (conviene señalar ahora, antes de emitir conclusiones equivocadas, que uno de mis acompañantes era, y sigue siendo, profesor de inglés de una escuela oficial de idiomas en la entonces España del señor Ánsar) y, con toda probabilidad, rodeados de jóvenes (y jóvenas, Aído dixit) sería más sencillo entendernos. Se trataba de un restaurante antiguo tuneado para tiempos más modernos. Los platos se exhibían en una barra tras un hilarante cristal. Quisimos conocer los ingredientes pero las dos chicas que se encontraban al otro lado del mostrador no entendieron nada. Nosotros menos, claro, Así qué, manos a la obra: revisión visual de lo que comía el personal y, numerando con los dedos: uno de esos, dos de los otros y tres pastelitos polacos. Pagando y a degustar el producto.
Saliendo del restaurante, fotografié una gran avenida. A la derecha, un edificio político parecido al Kremlin moscovita. Luego, chupito en el hotel, de multinacional francesa, de de uno de los mejores vodkas del mundo y jacuzzi post-comunista.

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