miércoles, 10 de noviembre de 2010

POR MOMENTOS FUI INVISIBLE


Ciudad de Soria. Martes, 9 de noviembre de 2010, nueve de la noche. Calle Eduardo Saavedra (une la salida hacía Madrid con la estación de autobuses).
Acabo de llegar de comprar del hipermercado y no encuentro aparcamiento en los alrededores de mi portal. Como llueve intensamente y hay un vendaval importante, decido aparcar mi coche en la plaza de garaje que se encuentra a escasos trescientos metros de mi casa. Desde allí, traslado dos bolsas atiborradas de productos. Cuando llego a mi casa me doy cuenta que no he subido una bolsa de refrigeración con alimentos congelados así que vuelvo al coche. Nada más salir del portal empiezo a correr para atravesar lo más rápidamente posible el trayecto que separa mi portal de la plaza de garaje. Avanzo velozmente debido a que tengo el fuerte viento a favor. Antes de doblar la calle resbalo y caigo precipitadamente de espaldas. En esos escasos segundos hasta llegar al suelo tengo los suficientes reflejos como para aterrizar con la parte alta de los glúteos y la zona lumbar de mi espalda y colocar el codo izquierdo en el suelo para amortiguar la caída. Gracias a ello mi cabeza no golpea en el suelo. Una vez recibido el fuerte impacto no puedo coordinar los movimientos para levantarme. Permanezco en el húmedo suelo alrededor de dos minutos, que se me hacen eternos, observando si hay alguien alrededor para que me pueda ayudar. No veo a ninguna persona pero a escasos doce metros de donde me encuentro desplomado, a mi derecha, se alinean dos filas de vehículos (unos veinte) esperando que se ponga el semáforo en verde. Frente a mí, a unos dieciocho metros de distancia, otra fila de coches, cerca de diez, hacen lo propio en el semáforo correspondiente a la otra dirección de la calzada. Me parece increíble que nadie haya podido verme o que cualquiera de los ocupantes de los vehículos me haya visto tirado en el suelo y no me ayude. Después de los interminables dos minutos puedo reincorporarme y me quedo sentado otros dos o tres minutos con todo el cuerpo empapado de lluvia. Miro de reojo a los coches que pasan a mi lado y pienso lo terriblemente crueles que podemos llegar a ser los humanos. Una vez puesto en pie, sin ninguna ayuda, percibo mi codo derecho ensangrantado y dolores en la espalda menores a los que esperaba.
Soria, martes 9 de noviembre, nueve de la noche. Llovía, hacía viento y por momentos fui invisible.

2 comentarios:

Mariluz Arregui dijo...

Una gran verdad lo que acabas de contar,
asombroso, pero uno puede ser invisible totalmente en esta sociedad 'empanada'..., egoísta y ciega.

Espero que no haya tenido ninguna consecuencia..lo habrás comprobado, supongo.
Un abrazo

Luis Lópec dijo...

Estoy bien. Gracias, Mariluz. Saludos.