viernes, 8 de mayo de 2009

PUENTE UNO DE MAYO (y 2)



El sábado, ojeando el periódico, como de costumbre, mientras desayunaba, apareció el Westy Terrier de mi hermano. Olisqueó la cocina y se fue. A mediodía mi hermano me preguntó si había visto al perro. No lo encontraba. Al parecer se había escapado por el barrio, estaba en celo. Salimos a dar buena cuenta de unas “rabucas” y cuando llegamos a comer todavía no había aparecido. Después de cenar fui a tomar café a casa de mi hermano y seguía perdido. Habían dado parte a las policías locales de Santander y Bezana, municipio próximo a nuestra casa. Mi sobrina preparó unos carteles anunciando la desaparición de Goofy, con dos fotos.
Hacía las diez y media del día siguiente me personé en casa de mi hermano. Somos vecinos. El perro seguía desaparecido. Me llevaba unos carteles para colocarlos en lugares precisos (iba a añadir en todos ellos “se gratificará”, se nos había olvidado) cuando sonó el teléfono. Era información sobre el perro.
La noche anterior, tomando una copa, cada uno de los asistentes dábamos nuestra opinión sobre la desaparición del perro. Había opiniones para todos los gustos. La mía la basaba en la experiencia que tenia. En algunas ocasiones lo llevamos a las dunas de Liencres y no tiene buena orientación. Por ello, opinaba que había salido en busca de alguna perrita y no supo volver, perdió el rastro de su casa.
Puse mi oído al lado del auricular. La persona que llamaba tenía en su poder a Goofy. Llamaba desde Sarón. Estaba en buenas condiciones. Había cenado y dormido en su casa.
Sarón está situado en el interior, a unos treinta y cinco kilómetros de mi casa familiar. Cobraba importancia, por tanto, mi apuesta sobre la desorientación del perro.
Una vez en casa, mi hermano y mi sobrina relataron lo acontecido. Goofy llevaba tiempo deambulando por el bar donde se encontraba la pareja que lo recogió. El bar está a escasos trescientos metros de casa. El chico tiene una perrita de la misma raza que Goofy, en celo, y vive en nuestra zona. Sin embargo, su novia, que vive en Sarón, un perrito como Goofy. Decidieron llevarse a Goofy a Sarón, fuera del alcance de la perra, y al día siguiente visitar al veterinario para comprobar un chip con toda la información sobre Goofy. Una vez comprobados los datos por el veterinario llamaron al teléfono de contacto del perro.
Goofy ahora sale al jardín amarrado y han cerrado todos los posibles lugares por donde pueda fugarse. Al reencontrarse, todos fueron muy felices. Un simple chip puede servir para devolver las cosas a su normalidad.

1 comentario:

Luis Alejandro Bello Langer dijo...

Me acordé de una historia acerca de una familia que navegaba por las costas del Africa central...cuando en un incidente menor el perro, Santos, cayó al agua y se perdió; al final apareció a ochenta kilómetros de donde se había arrojado.

Lo que es la tecnología, ¿no? Espero que Goofy no pague por mucho tiempo su desorientada osadía. Saludos afectuosos, de corazón.