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GINEBRA



En Suiza el verde se intensifica. Nada más entrar por la frontera un policía te coloca la “vignette”. Una pegatina para tu vehiculo que garantiza la utilización de las autopistas suizas por “apenas” 30 euros. Un impuesto del que no se salva nadie. Pronto, desde lo alto, se divisa la bella ciudad de Ginebra y el Lago Leman, el más grande de Europa. La visión de cuarenta o cincuenta coloridos globos aerostáticos, cerca de nosotros, es asombrosa. Nunca antes había visto tantos juntos. Aparcamos en un subterráneo a orillas del Ródano. Es el aparcamiento más caro que he utilizado. Tres francos la hora. Al cambio cuatro euros cincuenta. Una aproximación a lo caro que es Suiza. Cuando paseas por sus limpias calles y ves escaparates de los comercios más prestigiosos del mundo los precios no te llaman la atención. Crees que, por asociación, los números que indican los precios corresponden a euros. El problema es que están en francos suizos. Todo un cincuenta por ciento más caro que en Francia y algo más que ese porcentaje en España. Te das cuenta que te has convertido en pobre repentinamente, si es que no los has sido en alguna ocasión. El cambio del franco equivale a un euro cincuenta. Visitamos la catedral, la parte vieja, las calles comerciales y las dos márgenes del río cruzando sus largos puentes. A mediodía, tomamos un café con mi amiga Gianna, jefa de ventas de la marca Cartier. Junto a Cartier, en la misma calle, están todas las relojerías más famosas. Es sábado y todos los partidos políticos han sacado el chiringuito ofreciendo productos de la tierra por causas solidarias. Visitamos la caseta de un partido socialdemócrata y uno de sus afiliados nos preguntó en francés y luego en inglés, al advertir que no éramos suizos ni franceses, ¿cuál es tu sueño? Contestamos que no nos interesan los sueños de la política. Un grupo de jazz amenizaba la jaima y todos bebían vino, acompañado de un guiso de arroz, o café. Caminando por un jardín con una fuente preciosa me agacho para recoger una postal cuya fotografía contiene unos señores con trajes regionales que tocan uno de esos instrumentos de viento que se apoyan en el suelo debido a su gran tamaño. Me sorprendo al advertir que está escrita. Con seguridad alguien la ha perdido. Miro el remite y está dirigida a Baracaldo (Vizcaya). No puedo menos que leer el contenido. La persona que escribe se queja, ¡cómo no!, de los precios en tierras suizas y como anécdota dice que orinar cuesta cuatro euros. Guardo la postal en espera de poder echarla en un buzón. A escasos pasos, cosas del destino, utilizo una “toilette” sin coste alguno. Subiendo a la parte vieja, al lado de una escultura moderna muy bella, encuentro, por fin, un buzón de correos y deposito la postal dirigida a España. Ya casi creía una misión imposible encontrar un buzón y me había propuesto enviarla a su destino una vez en España. Cumplido el cometido, nos hicimos la foto de rigor en el geiser del lago que propulsa su chorro varios metros hacía arriba y nos internamos en el Lago Leman.

Comentarios

PEGASA ha dicho que…
Pero vaya que buenas vacaciones te has tomado. Joooo y a mi ya me llaman la Pegasa menos voladora del cyberespacio.

Que bonita foto, si señor. Por cierto, yo tengo un reloj cartier, eaaa!!, tú a una amiga jefa de cartier y yo un reloj. Con que me ganas pero solo porque SIEMPRE una amiga es mucho mejor que el reloj. :-D
Anónimo ha dicho que…
A ver...¿30 Euros por todo el tiempo de estadía o es un monto diario? Porque, haciendo la comparación, acá te cobran cerca de 6 Euros al día por comprar un "pase diario" para las autopistas urbanas en Santiago de Chile.

Ley de oferta y demanda...con tanto dinero que hay en los bancos suizos, obvio que los precios iban a ser altos; eso, sumado a factores como una estabilidad política que lleva siglos.

Lo de las postales perdidas es toda una historia...y digno de tu parte el ayudar a que esas palabras lleguen a tierras de Vizcaya. Saludos afectuosos, de corazón.
myself ha dicho que…
La verdad es que no paras!!!

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