lunes, 25 de octubre de 2010

LA NOCHE QUE RECORDÉ A HURACÁN CARTER



Aprovechando la última luna llena y un cielo despejado, salí a visitar un par de amigos que son dueños de bares en Soria. Antes lo hacía a menudo pero llevaba un tiempo sin poderme dedicar a esos menesteres. Aproveché para comer unos níscalos recién llevados al primero de los bares, en el que me encontraba en ese preciso instante, que estaban de muerte (no sé si en este caso es lo recomendable "estar de muerte") . En el segundo bar me presentaron a un cliente y nos pasamos el resto de la tarde hablando de literatura y de música. El tipo, no recuerdo su nombre, había trabajado de camarero en el madrileño Café Gijón. Me habló de todos los tertulianos que por allí pasaron, principalmente de Umbral. Según él, una persona que nada tenía que ver con lo que demostró en las entrevistas de televisión. Hablamos también de mi profesor de psicología, Gustavo Martín Garzo, de Pepe Hierro y sus “Chinchones secos” y de otros escritores contemporáneos. En uno de los bares tienen expuesto en el tablón de anuncios uno de mis artículos de Mandarina News y se lo di a leer. Aunque no suelo hacerlo, me inspiraba confianza. Cuando lo terminó me dijo que tenía mucha sensibilidad y que le recordaba a algunos escritos de Manuel Vicent. Me agrado su comparación, no puedo negarlo, de alguna manera Vicent -los que me leen habitualmente lo saben- es mi columnista favorito. No obstante, después de darle las gracias por el buen trato recibido, le dije que nunca llegaría a escribir como ningún escritor consagrado. Tampoco es mi intención. Lo paso bien escribiendo, ni más ni menos. No tengo más objetivos. Lo que me sorprendió de verdad no fue nada referente a mi manera de escribir sino a la manera de verme los demás. Según él, a pesar de mi pinta de boxeador, escribía con cierta ternura. ¿Pinta de boxeador? He de decir que nada más llegar a casa me miré en el espejo, analicé los rasgos de mi cara, me eché una ojeada frontal, observé mi perfil derecho y luego el izquierdo… y no percibí nada parecido a un boxeador. Mi rostro puede que tenga algo de duro, incluso la expresión puede dar lugar a dudas ¿pero de ahí a parecer un boxeador? Después de cuatro cañas de cerveza y de repasar la música de los años setenta y ochenta, me despedí de mi sparring para poder analizarme cuanto antes en el espejo. Desde esa noche de luna llena, me amenazo a mí mismo poniendo ante el espejo gestos y expresiones que llegan a asustarme, aunque en el fondo sigo siendo el mismo de siempre: romántico, irónico, sensitivo, pasional y amigo de mis amigos.


"En una noche de 1966,Huracán tomaba algo en un bar. Lejos, al otro lado de la ciudad, sonaron disparos dentro de otro local. Poco después entraba Patty Valentine. Gritó: Dios mío, “todos están muertos” y vio a Alfred Bello dentro. “Yo sólo estoy robando la caja”. “Alguien tendrá que llamar a la policía”. Patty llamó y mientras llegaban Alfred dijo que había visto huir a dos tipos en un coche blanco. Huracán iba de camino a casa con un amigo. Unos policías detuvieron su vehículo blanco. En esa época era de lo más normal. Dos tipos negros en un coche paseando por la noche eran sospechosos de todo, aún sin haber hecho nada. Los policías habían escuchado por la emisora que hubo un triple asesinato en un bar y que los asesinos habían huído en un coche blanco. A pesar de que estaban muy lejos del lugar de los hechos, dos hombres negros en un coche blanco eran los sospechosos perfectos. Les llevaron al lugar del crimen y nadie los reconocía como asesinos, pero un superviviente de la masacre, moribundo, a pesar que le costaba ver bien, fue presionado para que identificase a Huracán y a su amigo. Declaró con total seguridad que ellos no habían sido los culpables. El juicio fue una farsa, nadie dudó que él hubiera tirado del gatillo, y aunque no tenían pistola para probarlo, la policía dijo que Huracán había sido el culpable. El jurado, compuesto por blancos, les dio la razón. Fue condenado a tres cadenas perpetuas. Catorce años después, un adolescente de color consiguió que reabrieran el caso. Seis años más tarde, Huracán recuperó la libertad. El juez de Nueva Jersey que lo liberaba declaró en la sentencia que la condena de Carter estaba más basada en el racismo que en la razón. Carter salió de la cárcel y desde entonces dedicó su vida a combatir las injusticias. “El odio me llevó a la cárcel pero el amor me sacó de ella”.
Esta es la historia de Huracán Carter, un hombre al que las autoridades culparon de un crimen que no había cometido y que pudo haber sido campeón del mundo de boxeo".

2 comentarios:

Mariluz Arregui dijo...

jojojojo...la entrada más genial que has escrito hace tiempo !!
Un nueva versión de licantropía , pero esta vez la luna llena se despistó y te transformó en boxeador!jajajaa..qué genial..

No iba nada desencaminado con la comparación con Vicent, a mí también me lo ha parecido muchas veces, pero, sinceramente, y no es por darte coba, aunque me encanta V. , prefiero tus escritos:los tuyos siempre están realmente en la cresta de una ola, y para mí eso es fundamnental.
(jajaja..ya desarrollaré mejor este tema en otoro momento , así queda muy críptico).

Cuando he leído lo que dices, he pensado en un amigo común--el poeta con apellido repe -, que si lee esto, tendrá 'tema' para meterse contigo hasta el infinito...:))))

Y para tus lectores: doy fe de que es completely cierto lo que dices al final, pero también eres alguna otra cosa más :))..

Ayy....las noches de luna llena..:)),

Besitos, 'boxy'

Luis Lópec dijo...

Me alegro que te guste aunque lo de la licantropía lo dejaré, si no te importa, para más adelante, jajaja.
Lo de Vicent, sinceramente, me viene muy grande. NO QUIERO OIR HABLAR MÁS DE COMPARACIONES CON EL GENIAL CASTELLONENSE.
Besos.