martes, 26 de octubre de 2010

A VECES LA VIDA ES DEMASIADO CORTA


Vengo del funeral de una chica de 32 años fallecida en un accidente de tráfico en Sudáfrica. Soy amigo de la familia y, como pueden suponer, el trago es demasiado amargo. Perder a un hijo, perder a una hermana, perder a una sobrina, perder a una novia, perder a una amiga, es excesivamente duro, máxime si es lejos de su tierra con toda la incertidumbre que producen los kilómetros de separación. Finalmente, gracias, sobre todo, a un hermano de la fallecida y al Embajador español en Sudáfrica, su cuerpo llegó a Barajas y desde ahí en un coche fúnebre a la capital soriana. Terrible.
La vida tiene esas cosas, tan pronto nos encontramos felices en una celebración del tipo que sea, como, repentinamente, dando la despedida a un familiar o a un amigo en un funeral repleto de encuentros emocionantes, colmado de lágrimas y sobresaltos tumultuosos, de ansiedad reprimida. En esos precisos momentos de suspiros y coraje contenido, es cuando nos damos realmente cuenta del valor de la vida, tan sencilla y tan difícil.
Coincidí, en el anexo de la iglesia donde se celebró el funeral, con algunas amigas del colegio, jugadoras que fueron de mi club de bádminton y que representaron en varias ocasiones a su comunidad, Castilla y León, en campeonatos nacionales. Hablamos de cuestiones relacionadas con la victima. Charlamos de nuestras vidas después de varios años sin vernos. Ellas, con la misma edad que la fallecida, como he dicho compañeras de colegio, están en el esplendor de la vida, con sus bebés, sus maridos, sus trabajos, haciendo planes de futuro. Me encantó verlas de nuevo, aunque, pertinazmente, mi mente no dejaba de pensar en sus familiares y en su novio, presente en el funeral, accidentado con su novia y hecho trizas al perder a su ser más querido.
Viniendo de la iglesia a mi trabajo no dejaba de pensar en el destino de los individuos. Qué fácil puede ser la vida desprendiéndonos de esos problemas insignificantes que nos obstinamos en mantener. Pensé, una vez más, que todo tiene solución menos la muerte. Qué verdad más grande. Sigamos disfrutando de la vida, merece la pena.

6 comentarios:

Marino Baler dijo...

Es una pena. Lamento la pérdida de tu amiga. La vida tiene estas cosas para las que nunca estamos preparados por ser sorpresivas, y aunque no fuera de sorpresa, ¿quién está preparado para la muerte de un conocido, amigo o familiar?

Un abrazo.

Mariluz Arregui dijo...

Así es, alegrías y penas, celebraciones y despedidas, fortuna y reveses...

Sigamos disfrutando, y valorando siempre, todo.


Besos

Luis Lópec dijo...

Siempre tengo presentes a mis amigos, en los momentos felices y en los tristes. Soís participes. Gracias por estar ahí.

Campurriana dijo...

Lo siento mucho. Lo cierto es que tiene que ser muy duro y, sobre todo, para su familia, para sus amistades cercanas...

La vida la complicamos demasiado. No merece la pena sufrir cuando tenemos lo más grande.

Alegría. dijo...

Es un pensamiento recurrente en mi mente, todos los días, porque sé lo que significa, que tu vida cambie en un instante. Lamentablemente, pasado un tiempo, vuelve úna a empecinarse en problemas, que no lo son, ¡pero es el mundo en el que vivimos! Reconducir ese pensamiento, valorarlo con una visión más serena, me suele surtir eficacia.
Efectivamente, todo tiene solución menos la muerte, y sólo hay algo a lo que tema aún más: al sufrimiento.
Un saludo.

Luis Lópec dijo...

Campurriana y Alegría, gracias por vuestros comentarios y, sobre todo, gracias por ser como soís. Besos.