jueves, 29 de noviembre de 2007

RUMANÍA DE CEAUCESCU -2-


Palacio de Ceaucescu


Al día siguiente visitamos, por nuestra cuenta, Bucarest. Por la noche estuvimos con Eva y su novio en la discoteca más “in” de la capital. Bailando me lastimé la rodilla derecha. Meses atrás había sufrido una lesión jugando aL fútbol y en ese momento me resentí por un violento movimiento. Se me inflamó y me condujeron al hospital. Me recordaba a los antiguos hospitales “18 de julio” que, por suerte, iban desapareciendo en España. Fotografías del dictador, decoración con emblemas comunistas, paredes de azulejos blancos, baldosas tricolores en el suelo, mareantes pasillos, tétricos despachos médicos, enfermeras ataviadas con cofias y delantales blancos sobre blusas azules claras… Eva explicó lo que me había sucedido al galeno de turno. Desde ese preciso momento me bautizaron con el nombre de Elvis. El médico -musulmán- que me atendió, medía más de dos metros de altura y tenía complexión atlética, golpeándome el pecho me tumbó en la camilla. Le observé hurgando en una jeringuilla de las que usan los veterinarios para vacunar ganado. Solté un grito: ¿Eso es para mí? El gigante musulmán no sé si mirando o no a la Meca, me contestó: “…Dios quiera”, “viva Franco”. Me hizo un daño terrible. Similar operación se repitió dos veces más. Eva que se encontraba junto a mí, separada por un biombo, estaba asustada por mis gritos. Le informé que si me introducía otra vez ese rústico animal la jeringuilla en mi malherida rodilla me tiraría por la ventana y que le explicara que no tenía nada que ver con Franco. Afortunadamente no ocurrió por cuarta vez. El bestia me dijo que podía irme. Me había sacado el liquido sinovial desprendido en el interior de mi rodilla y podía caminar un poco mejor. A modo de pago cogió del bolsillo de Eva un paquete de rubio americano que se transparentaba en su camisa.
Acabamos el día en uno de esos establecimientos para turistas bebiendo whisky. A Eva y a su novio les obsequié con un cartón de winston a cada uno. Eso suponía mucho dinero en el mercado negro.

La mañana siguiente la destinamos a seguir visitando la ciudad. Aunque ahora estaba condicionado para caminar con normalidad. Todo sería más lento y nos perderíamos varias cosas programadas anteriormente.
Salimos de una boca de metro y nos dirigíamos a otra que distaba unos trescientos metros. Llamábamos la atención y nos hablaban constantemente en italiano. Un tipo nos persiguió aprovechando nuestra pausada marcha. Nos contaba que necesitaba dólares para irse del país, se le veía muy apurado. Me habían advertido que el dinero del mercado negro era arriesgado, en la mayoría de las transacciones se trataba de billetes falsos o que ya no circulaban por el país. En algunos casos solían ser policías. Cuando el tipo me hizo una última oferta se trataba de once veces más que el valor oficial. Entramos en un portal y conté el dinero. Estaba correcto y aparentemente era igual que el que tenía en mi bolsillo. Al fin y al cabo se trataba de cien dólares. Nos desplazamos a un centro comercial cercano y no recuerdo lo que compré –creo que música clásica- Quería conocer el valor de mi recién adquirido ¿tesoro? La cajera marcó el valor de los discos, metió el billete que le di en la caja y me dio el recibo. Éramos ricos para afrontar la semana que nos quedaba para disfrutar en el país.

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