viernes, 30 de noviembre de 2007

RUMANÍA DE CEAUCESCU -y 3-




Visitamos los Carpatos, Brasov, Poiesti, el castillo de Drácula, varias iglesias ortodoxas y otras tantas bizantinas en Transilvania, los monasterios del norte de Moldavia. Conservo fotos de edificaciones de madera, con altos campanarios, de gran belleza. Al cabo de tres días estábamos de vuelta en el hotel de Bucarest. Mi rodilla seguía inflamada y no podía aguantar un ritmo normal, necesitaba descansar.
Así lo hicimos, pero como todavía conservábamos mucho dinero preguntamos en nuestro hotel cual era el mejor restaurante de la capital. Todos coincidieron que el restaurante del Hotel Intercontinental, aunque excesivamente caro.
Habíamos quedado en llamar a Eva a la vuelta de nuestro recorrido por Rumania pero no lo hicimos. Coincidimos que se trataba de personas vinculadas al partido comunista y que vigilaban nuestros movimientos para intentar desenmascarar nuestra condición de turistas, posibles coqueteos con la droga u operaciones irregulares de cambio de moneda. Por suerte nunca les comentamos nuestra “supuesta” irresponsabilidad en el cambio de divisas.

Esa noche nos desplazamos en taxi al restaurante del Intercontinental. En aquel momento era el edificio más alto de la ciudad. El restaurante, totalmente acristalado, estaba situado en la última planta, tenía forma circular y unas vistas espectaculares. Nos sentamos a una mesa excesivamente grande para dos personas, tenía velas estratégicamente situadas y muchas flores tropicales con los colores de su bandera. Nos sentíamos delicadamente tratados. Los camareros, por su vestimenta, parecían impecables miembros de una orquesta musical. Todos llevaban guantes. Ciertamente no estábamos acostumbrados a frecuentar establecimientos de tanta clase. Se trataba de un sueño. La carta era muy extensa- raro en un país comunista-, predominando la cocina internacional, algo que nos agradaba, estábamos un poco hartos de la comida rumana. Recuerdo que bebimos un Martini, vino de Burdeos y finalizamos con una copa de champán. La factura, al cambio, hubiera correspondido a cerca del cuarenta por ciento de mi sueldo mensual, pero debido al cambio en negro que realicé suponía una minucia. Con seguridad volveríamos, así que obsequié al personal con la mejor propina que he dejado en ningún otro lugar. La noche siguiente el maitre nos propuso compartir mesa con dos parejas de compatriotas de nuestra edad. Resultó una velada muy agradable.

Llegó el día de regreso. Tenía muchas ganas de volver a España, mi pierna estaba destrozada y tenía imperiosa necesidad de tregua. En el aeropuerto de Bucarest cambié por dólares los leis que me quedaban y me di cuenta que volvía a mi país con la misma cantidad de dinero que había llevado. Algo inaudito después de los gastos realizados durante los diez días de permanencia en Rumania. En el aeropuerto del Prat nos cruzamos con la Selección Italiana de fútbol y multitud de “tifosis”. España había celebrado el mundial e Italia era la nueva campeona. “Naranjito”, la mascota, estaba por todos los sitios. En ese momento me di cuenta que todo volvía a la normalidad.

El día de Navidad de 1989 sucedió algo que me impactó. Después de 24 años de ejercer el poder absoluto, enfundados en sus abrigos de piel –los mismos que usa la gente rica en cualquier lugar del mundo cuando hace frío-, Nicolae Ceaucescu y mujer Elena, tras ser juzgados por quienes se creían con derecho, fueron acribillados a balazos en la plaza más popular de Bucarest con la televisión en directo. El comunismo tenía los días contados.

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