lunes, 7 de abril de 2008

HOTELES




Pernoctar varios días seguidos en un hotel produce un cambio sustancial en nuestras costumbres, al menos para mí. Por muchas estrellas que decoren su fachada siempre existen inconvenientes que hacen que echemos de menos nuestra casa. Recuerdo una entrevista, poco antes de fallecer, que realizaba un periodista al académico de la Lengua Julián Marías a la que respondía diciendo que su máxima aspiración en la otra vida era poder estar tan cómodo como en su casa. Es cierto, cuando se han pasado multitud de noches fuera se echan en falta las pequeñas rutinas que te tributa el hogar. Es tu territorio y esconde un montón de aportaciones que se han ido incorporando con el paso del tiempo y que cuando estamos lejos adquieren un valor inusual, un valor en alza.

Una habitación de hotel es impersonal. En general su decoración suele ser farragosa, con cuadros de marinas o bodegones que nada tienen que ver contigo. Las ventanas suelen dar a un patio interior o a una calle muy transitada. El calor suele ser agobiante, sobre todo en épocas de transición a otra estación. Los ruidos están a la orden del día, clientes que vienen o van a horas intempestivas, taconeos y movimiento de muebles en la planta de arriba, cisternas y grifos que nunca acaban de soltar agua. El colchón suele ser duro, la almohada blanda. Y claro, con tantos problemas añadidos al cansancio que supone estar todo el día de acá para allá, deseas que acabe ese suplicio y regresar cuanto antes a tu domicilio, un paraíso que habitualmente no parece serlo, pero que en esas condiciones toma un aspecto idealizado.

El poco tiempo que pasas en tu impersonal habitación lo aprovechas para darte un baño relajante, ver un poco la televisión – sólo aguanto las noticias- y conectarte a Internet. Últimamente he estado en hoteles que tienen conexión gratuita y abierta mediante wi-fi pero en este último había dos opciones, según me informó el recepcionista. La primera costaba veinte euros y duraba un día. Descartada, mi pretensión tan sólo era conectarme unos minutos para mirar el correo electrónico y visitar a algunos (as) amigos (as) blogueros (as) y poder comprobar si habían actualizado, los muy vagos (es broma), sus blogs. La segunda, más conveniente para mí, era conectarse al “módico” precio de seis euros la hora. Me parecieron precios escandalosos en ambos casos. Por seis euros, a esa hora de la noche en la que pretendía conectarme, puedes realizar una llamada telefónica a cualquier lugar del mundo con una duración cercana a la hora. Ciertamente los hoteles se pasan, quieren exprimir al máximo al sufrido cliente. Curiosamente, y para compensar tanto desaguisado, justo frente al hotel hay una cafetería que ofrece desayunos a un euro con veinte céntimos. Al final va a tener razón Zapatero con el precio de los cafés. Constaba de café de desayuno, pincho de tortilla y una magdalena. Realmente fue lo mejor que me pasó en esos días en lo que a precio se refiere.

Por fortuna tardaré algún tiempo en volver a visitar un hotel. Mientras tanto intentaré descansar.

6 comentarios:

angela dijo...

Estoy de acuerdo contigo en que las habitaciones de los hoteles son tan frías como impersonales... y a veces se hacen largas... Incluso hasta las horas para dormir y descansar...Para valorar lo rutinario es importante llegar al hastío ... ¿ No crees?.Pero con él y todo tu relato mereció la pena.Un saludo

ANA DE LA ROBLA dijo...

Y sin embargo hay hoteles de los que se guardan maravillosos recuerdos; generalmente esos hoteles llamados "con encanto", rurales, en los que el amanecer es un regalo y un desayuno en tu particular terraza un homenaje.
A mí me encanta seguir explorando, anotando hallazgos en mi agenda.
Beso.

Luis López-Cortés dijo...

Angela, me alegro que hay merecido la pena. Saludos.

Anuski, tienes razón yo tengo más buenos recuerdos que malos. Sigue
explorando e informa de tus hallazgos. Besito agradecido.

Raquel dijo...

Los hoteles de más estrellas suelen ser donde la conexión a internet es más cara. No sé por qué pero es así.
Muchos hoteles son muy impersonales pero de vez en cuando, alguno se salva.
Un abrazo

Marino Baler dijo...

Lo que peor llevo de los hoteles es la indecisión con el equipaje. Si estoy un par de noches ¿Merece la pena colocar la ropa en el armario o cogerla directamente de la maleta?
Quizás sea una tontería pero siempre se me presenta el mismo problema.

Un saludo.

Luis Alejandro Bello Langer dijo...

De que se extrañan las incómodas comodidades de casa cuando se sale mucho tiempo fuera, es un hecho...pero no sabría decir si los Hoteles producen un cambio en nuestras costumbres.

Lo que no me queda claro es lo de la conexión gratuíta a Wi-Fi...¿y las tarifas aquéllas qué eran? Saludos cordiales.