miércoles, 18 de abril de 2007

LOS SUEÑOS, SUEÑOS SON


Tengo ordenador desde hace cerca de diez años, creo que en este último decenio es cuando los hogares españoles hemos empezado a tener estas máquinas electrónicas. Anteriormente a esta última década muy pocos españoles, excluyendo lógicamente a empresas en general y a profesionales de la informática, teníamos la suerte de disponer de uno de ellos.

Recuerdo que hace, más o menos, quince años, en una reunión de carácter anual de una federación deportiva, hablando de comunicaciones por fax, una persona comentó la opción de conectarnos a la red y enviar por correo electrónico cualquier tipo de información. Nos miramos unos a otros pensando ¡pero que dice este tío! Creo que muy pocos le entendieron, era alemán, hijo de padres españoles y había regresado a la tierra de sus antecesores, Segovia, para emprender una nueva vida. Al parecer, Alemania estaba en esos momentos (y creo que en la actualidad también) un poquito más adelantada que nosotros. Esta apreciación puede resultar absurda para las nuevas generaciones que se han criado delante de un ordenador, pero para los que tenemos una cierta edad y ya peinamos canas es una de las conclusiones de que todo va muy rápido.

Esta noche he tenido un sueño que he querido retener, ciertamente he hecho un verdadero esfuerzo, casi siempre se me evaporan. Conducía una moto de trial, llevaba detrás una acompañante e iba por caminos infernales, llenos de barro, prolongadas subidas, me dirigía al médico. No sé donde vivía, parece que en un lugar lejano de la civilización, seguro que allí todavía no existía el ordenador. Cuando el doctor me reconocía, transfería por mi cabeza un lector de código de barras y en la pantalla de su ordenador aparecían todos mis datos. Tenía un chip integrado en la piel que trasladaba la información a su receptor, algo similar a los sistemas de identificación que ya utilizan en España algunas discotecas y de esa manera evitan a su portador presentar el DNI o la tarjeta de crédito para acceder al local y permitir no llevar dinero para pagar las consumiciones. El verichip, que así se llama el invento, tiene el tamaño de un grano de arroz y se implanta en el brazo por medio de una jeringuilla.
En el mismo sueño y en la sala de espera del doctor que me reconoció, había un lugar en donde los padres podían dejar a sus bebés durante el tiempo que duraba la consulta, era un corralito de metacrilato situado a unos dos metros de altura, un espacio de unos cinco metros cuadrados transparente en el que se divisaba perfectamente al bebé y sus juguetes, donde se podía mover con total libertad sin peligro de caídas y en todo momento permanecía controlado mediante cámaras de seguridad.

Estos sueños pueden parecer ocurrentes, a todas luces irrealizables, tonterías, pero estaría bien retomar este escrito dentro de otros quince años, tal vez no fuesen tan disparatados como ahora nos parecen, aunque a fin de cuentas los sueños, sueños son.

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