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VENDREDI MATIN SUR LA TERRE





Suena el despertador y mi sueño nítido y preciso se interrumpe para siempre. Abandono el espacio aplastado y cálido de mi cama. Realizo unos usuales estiramientos musculares, ato mis zapatillas y desciendo a la calle en un ascensor recién fregado. Es de noche aún. Mientras corro el aire frío violenta mi cara, mis manos y mis piernas desnudas. Al pasar, una mujer retira el hielo adherido a la luna delantera de su auto. Es fácil, tan sólo necesitas una caja vacía de Cd o la antigua carcasa de un casete para retirarlo. Es la primera noche de la temporada que ha helado. La temperatura es ahora de tres grados y mi impresión es la de estar corriendo dentro del frigorífico. Pasan los minutos y me encuentro en una ladera desde la que se divisa la niebla cobijada en un valle. El sol aparece y, al menos, la sensación es confortable para las partes corporales que llevo al descubierto. Sigo corriendo. Me cruzo con varios grupos de personas que caminan con rapidez. Paso junto a un termómetro que ya marca seis grados. Llego a casa sudando. Ingiero líquido y me doy un baño (repleto de espuma) mientras escucho a Haendel. Ahora todo se impregna del aroma a miel que despide el gel. Me peino, me afeito, desayuno. Apago la música. Bajo al garaje, realizo veinte maniobras mientras maldigo la arquitectura del estrecho espacio en el que descansaba mi coche. En la calle me coloco las gafas de sol. Miro el reloj. Voy de atasco en atasco debido a los semáforos y a los tranquilos conductores. Por fin llego a mi lugar de trabajo dos minutos antes de las diez. Es viernes por la mañana en el planeta Tierra. Aparco mi coche y me desplazo sin prisa hacia un grupo de alborotados chicos. Me dan la bienvenida bulliciosamente. Con seguridad merecerá la pena compartir mi tiempo con ellos y esperar a su lado la ansiada hora de salida, mejor si es viernes.

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