Las finales no solo coronan a un campeón.
También retratan al derrotado.
Hemos visto selecciones que han perdido la Copa del Mundo dejando una imagen de grandeza.
Se abrazan al rival, aplauden al campeón y aceptan que, durante noventa o ciento veinte minutos, alguien fue mejor.
Y hay otras que empiezan a perder mucho antes de recoger la medalla.
Argentina llegó a Nueva York convencida de que el Mundial era la última estación del viaje de Messi.
Durante una semana, buena parte de su prensa confundió el favoritismo con un derecho adquirido.
El problema es que el fútbol solo valora los méritos.
España ganó la final.
Ayer lo celebró la capital en nombre de todos.
Pero hubo otra derrota mucho menos visible.
La de la deportividad.
La dureza con la que se emplearon los jugadores rioplatenses fue desmesurada.
Entradas fuera de tiempo, empujones y agarrones, protestas constantes, discusiones interminables, peticiones infantiles de expulsión mientras se justificaba la de Enzo.
Una agresividad que delataba el estado de ánimo del equipo austral.
Y al terminar el partido, la vergüenza.
La agresión de Nahuel a Rodri.
Y la reacción de Paredes.
Todo tan falto de ética.
Todo tan barriobajero que la FIFA ya estudia los informes arbitrales y las imágenes para valorar posibles sanciones.
Y todavía quedaba la última escena.
España formó un pasillo para reconocer al subcampeón.
Cuando Rodri levantó la Copa, los jugadores argentinos y todo su staff técnico permaneció de espaldas.
No abandonó el campo: eligió no mirar.
A veces un gesto aparentemente pequeño explica una derrota mucho mejor que el marcador.
La grandeza de un campeón se mide por cómo gana.
La del derrotado, por cómo pierde.
España levantó la Copa porque fue mejor.
Argentina dejó que la frustración empañara el enorme talento que la había llevado hasta la Gran Manzana.
La grandeza, o su ausencia, se sigue mostrando mucho después de que se apague el estadio.

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