Alberto Pico (1931–2014) fue un icónico sacerdote, conocido popularmente como "el cura del Barrio Pesquero" de Santander, Allí sirvió como párroco durante cuatro décadas, convirtiéndose en una figura protectora indispensable para sus vecinos. Destacó por su profunda labor social en defensa de los colectivos más desfavorecidos y por su carácter transgresor y alejado de las doctrinas eclesiásticas rígidas. Vinculado al socialismo cristiano, dedicó su vida a combatir la pobreza, cooperar en proyectos del Tercer Mundo y promover la educación. Era un hombre costumbrista y recordado por anécdotas singulares, como su rutina diaria de alimentar a las gaviotas de la bahía al amanecer.
Además, fue mi profesor de religión en la filial del Instituto José María de Pereda del Barrio Pesquero, que ahora lleva su nombre "IES Alberto Pico", todo un honor para sus antiguos alumnos en particular y para la población santanderina en general. Recuerdo varias anécdotas de esa etapa. Tenía una vespa y, rara vez llegaba puntual a dar sus clases, unas veces se quedaba sin gasolina (muchas veces nos pedía dinero para comprar combustible), otras tenía que atender a algún vecino, el caso es que sus clases se convertían en media hora sin él y otra media cagándose en todo por lo que le había ocurrido. Aprendí mucho en esas clases de religión, no importaba lo que fueras ni de donde vinieras, lo importante era ayudar al prójimo. Esas cosas no se enseñaban en libros de texto, lo enseñaba Alberto Pico demostrándolo con una vida dedicada a hacer el bien. Me impactó su personalidad.
Un día nos dijo que con los alumnos más mayores iba a realizar una excursión a Cádiz. Al regreso de esa excursión vino a clase cagándose en todo, literalmente. Los chicos que le acompañaban decidieron quedarse a jugar a los "bolos montañeses" en una bolera de un bar cántabro (a continuación os contaré sobre los cántabros en Cádiz) en vez de realizar una visita guiada a la ciudad.
La presencia de montañeses —es decir, cántabros— en Cádiz capital fue enorme, especialmente desde los siglos XVIII y XIX. De hecho, a Cádiz se la llegó a denominar «la Montaña del Sur» por la cantidad de emigrantes procedentes de Cantabria.
Muchos jóvenes de los valles cántabros bajaban a Cádiz para trabajar, normalmente como mozos o dependientes en tiendas de familiares o paisanos. El comercio con América convirtió Cádiz en un gran centro de oportunidades. Con el tiempo, muchos acabaron abriendo sus propios negocios.
Se especializaron sobre todo en: Ultramarinos y comestibles, vinos y licores, bares y restaurantes, comercio relacionado con el puerto y negocios navieros. A estos jóvenes que llegaban a Cádiz se les empezó a llamar «chicucos». La Casa de Cantabria de Cádiz señala que en 1917 había unos 330 establecimientos regentados por cántabros en una ciudad que entonces tenía unos 67.000 habitantes.
Y no se trataba solamente de comerciantes modestos: algunas familias montañesas llegaron a acumular grandes fortunas y tuvieron una importante influencia en la vida económica y social gaditana.
Además, en Cádiz todavía quedan negocios, edificios y apellidos vinculados a aquellos montañeses. La relación fue tan intensa que recientemente se ha publicado incluso el libro Cántabros Ilustres en Cádiz, presentado en el Ateneo de Cádiz en febrero de 2026.
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LOS JÁNDALOS
El término jándalo se refiere históricamente a la persona originaria de Cantabria (antiguamente conocida como La Montaña) o del norte de España que emigraba a Andalucía
El origen del nombre proviene de la forma en que estos emigrantes montañeses intentaban imitar y pronunciar con un acento exagerado o aspirado la palabra "andaluz" (jandalú).
LOS CHICUCOS
En lugares como Cádiz, los jándalos que ya tenían un negocio establecido traían a jóvenes parientes o vecinos del norte (de entre 11 y 15 años) para trabajar como aprendices. A estos muchachos se les llamaba "chicucos", un término que quedó tan arraigado en la cultura gaditana que hoy en día la expresión "voy al chicuco" todavía se utiliza localmente para referirse a ir a hacer la compra.