DISCO DE LA SEMANA 16/26
DISCO DE LA SEMANA 16/26
Éramos cuatro comensales y decidimos pedir cuatro primeros y cuatro segundos para compartir. GARBANZOS CON AJO ACEITE,
JUDÍAS BLANCAS CON PERDIZ,
ENSALADILLA DE LA CASA
y ESPÁRRAGOS CON SALMÓN de primeros.
De segundos platos:
RABO DE TORO,
SOLOMILLO CON SALSA DE ALMENDRAS,
CARRILLERAS
y CIERVO GUISADO.
Luego postres y cafés.
Acabamos bien, después de dos horas y media comiendo. La comida es casera, abundante y con ese sabor de siempre que ya casi no se encuentra. Aquí no hay prisas ni artificios: hay cocina de verdad, hecha con manos expertas y con el alma de quien ha dedicado su vida a ello.
Entre primeros y segundos tardaron 45´ en servirnos. Habría cincuenta personas comiendo y tan solo dos camareras. Cuando les pedí la cuenta me dijeron que pasaremos de nuevo a la salita de estar y esperaremos a Matilda para cobrarnos. Matilda tiene 83 años y se ocupa de la cocina, también de cobrar. Tras 20´esperando se acercó una señora menuda con una sonrisa llena de vitalidad y energía. Abrió con la llave otra estancia y nos encontramos con la típica tienda de pueblo. Detrás del mostrador hizo la cuenta y nos cobró. También nos informó de que había dos camareras menos debido a la fiesta de San Antonio. Nada de facturas, todo en negro, algo que me dejó impresionado después de leer tan buenas críticas en Internet. Muchos reconocimientos, mucho buen hacer, pero defraudando a hacienda. Lástima. No volveré ni recomiendo que nadie sea cómplice de evasión tributaria por parte de ese restaurante.
No entregar factura es una infracción fiscal grave que constituye evasión tributaria. Los autónomos y empresas están obligados por ley a emitir y entregar factura.
G lleva tiempo queriendo ir a Tronchón, coincide en el gimnasio con Sofía que es de allí, su marido lleva la única quesería del pueblo. No se sabe desde cuándo se elabora este queso, pero hay datos que confirman que en 1615 ya era un queso célebre en toda España. Miguel de Cervantes hace referencia a él por dos veces, en los capítulos LII y en el LXVI, en la segunda parte de su gran obra maestra El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha:
“Yo como D. QUIJOTE , también he comido queso de Tronchón, si vuesa merced quiere un traguito, aunque caliente, puro, aquí llevo una calabaza llena de lo caro, con no sé cuántas rajetas de queso de Tronchón, que servirán de llamativo y despertador de la sed, si acaso está durmiendo. [...] dieron fondo con todo el repuesto de las alforjas, con tan buenos alientos, que lamieron el pliego de las cartas, sólo porque olía a queso”.
Tras llegar a Morella tomamos la carretera a Sorita y nos desviamos a Forcall, visitamos el pueblo y tomamos un café en la plaza, luego continuamos hacia Mirambel, uno de los pueblos más bonitos de España. Su centro histórico es uno de los conjuntos arquitectónicos más importantes de Aragón y
conserva en su totalidad el recinto amurallado y las notables construcciones, sin alterar la imagen y el ambiente Medieval.
Los últimos 10 km para llegar a Tronchón los hicimos por una pista asfaltada muy estrecha y con bastantes curvas. El pueblo está a 1100 metros de altitud en un entorno natural privilegiado. En la plaza nos encontramos a Sofia, los vecinos celebraban en el exterior del Ayuntamiento una subasta con productos donados por ellos mismos para recaudar fondos para la fiesta de San Antonio de Padua. Por un jamón dieron 60 euros, por una canasta de fruta y hortalizas 20 euros, por un tarta de chocolate 25, y así sucesivamente hasta finiquitar los productos. Sofia nos indicó que en la quesería estaba su suegra y que cerraría en menos de una hora, así que nos acercamos para comprar el famoso queso y otros productos km 0.
Antes de comer visitamos el trinquete, la cárcel y el lavadero. También tomamos unos vinos en el único bar abierto. Una vez allí saludamos a Pilar, la quesera madre, que ya había cerrado la quesería. Cuando fui a pagar el camarero me dijo que estábamos invitados, supuse que la invitación era de Pilar. Posteriormente, pedimos otros vinos y el camarero volvió a decirme que estábamos invitados. ¿Pero quién nos invita?, pregunté. El Mayoral, respondió.
El Mayoral es uno de los 56 vecinos del pueblo y es el encargado, junto a sus familiares, de preparar la fiesta. Su cargo es anual y, en principio, voluntario, pero de no haberlos el Ayuntamiento sortea el cargo. Supongo que la recaudación de la subasta sería para sufragar gastos (todos los vecinos estaban también invitados en el polideportivo a comer una paella).
Antes de regresar a la “Ciudad en el mar” comimos en Casa Matilde, pero eso será motivo para otra entrada en el blog.
Como decía ayer, estoy leyendo "Despedidas”, del novelista británico Julian Barnes, junto a otro de mi paisana Marta San Miguel, su libro “Última escala". Ya los estoy acabando de leer, probablemente mañana lo haga, y ambos me están encantando. Cuando tengo la suerte de tener entre manos buena literatura me provoca escribir, ya me gustaría hacerlo tan bien como ellos y otros grandes, pero me conformo con dejar una pequeña estela sobre mi vida, y si además sirve para entretener a algún visitante a mi humilde blog pues qué bueno ¿no les parece?.
Últimamente no soy muy propenso a escribir, estoy de vacaciones (aunque ya son eternas) y no tengo mucho tiempo para hacerlo, las rutinas durante estas últimas semanas las realizo de manera disciplinada. Me levanto entre las 7,30 y 8 de la mañana, me aseo, desayuno, realizo una tabla física con una duración de tres cuartos de hora, elaborada por mí, camino por la playa durante una hora y cuarto, me doy un baño en el mar, leo tomando el sol durante dos horas, otro baño en la piscina, vermú en casa, comida, pequeña siesta… poco tiempo me queda, por lo tanto, para escribir. Sin embargo hoy he roto esa rutina y me ha quedado tiempo para registrar estas notas. Se preguntarán cuál es el motivo para hacerlo. Sencillamente que iba arrastrando unas pequeñas molestIas entre la nalga derecha y la pierna en su parte posterior y, aunque lo llevaba bastante bien, hoy ya me he levantado con un fuerte dolor que va desde la rodilla derecha hasta el tobillo. Ese intenso dolor que se irradia por esa parte del cuerpo que es síntoma de ciática.
Hoy he quedado con unos amigos en un restaurante para comer una paella marinera, por suerte está a 300 escasos metros de mi apartamento, así que podré desplazarme hasta allí. Por suerte una de mis amigas con la que voy a comer tiene medicación para combatir la ciática, me ha dicho que tengo que tomar dos medicamentos y que, haciéndolo, en tres días estaré prácticamente “operativo”. Supongo que tardaré algo más en recuperar mi rutina en el ámbito físico, pero, al menos, podré visitar el sábado el pueblo de Tronchón en la comarca del Maestrazgo aragonés. He quedado para comer y visitar una fábrica de queso y no me gustaría perdérmelo, espero que la recuperación vaya “viento en popa”.
Estoy acabando de leer "Despedidas”, del novelista británico Julian Barnes, y en uno de los capítulos se refiere a como en su época universitaria él y sus compañeros de piso tostaban pan para camuflar el perfume de una chica que visitaba, sin permiso, su habitación. En la literatura, el ejemplo clásico de los olores que evocan el tiempo pasado es el famoso episodio de la "magdalena" de Marcel Proust. El olor y el sabor de este dulce sumergen al protagonista en su infancia de manera involuntaria.
Los olores de nuestra infancia nos traen grandes oleadas nostálgicas, pero mientras lo leía pensaba en los que podrían ser olores con recuerdos personales del paso de tiempo. Me costó encontrar uno y fue el que rememoraba las cenas con mis abuelos. Ellos tenían carencias económicas y solíamos cenar una sopa Knorr de verduras en sobre, lista para cocinar en pocos minutos desprendiendo un aroma muy peculiar que me quedó marcado para siempre. Mi abuelo la solía acompañar de uno de esos arenques que se vendían en cajas redondas de madera y que se solían colocar en el mostrador de los "ultramarinos" y eran consumidos por las clases menos desfavorecidas, puesto que eran relativamente baratos. Mi abuelo los presionaba contra la puerta de la cocina con un papel de estraza para quitarle la piel y luego comérselo en un sustancioso bocadillo. Yo intenté consumirlos, pero tenían un sabor demasiado fuerte para un niño. Mi abuela y yo complementábamos la cena con una lata de sardinas que compartíamos, un huevo cocido, un filete de lomo con patatas o una tortilla francesa.
Al día siguiente, como por arte de magia, mientras seguía leyendo el libro en la playa, me vino un fuerte olor a “caloca” (nombre popular que recibe en Cantabria un tipo de alga roja marina del género Gelidium que las corrientes marinas y los temporales la arrancan del fondo del mar, arrastrándola hasta las playas en grandes acumulaciones llamadas "arribazones", donde los recolectores locales la recogen a paladas o con redes. De la “caloca” se extrae el Agar-agar que es considerada el "oro rojo del Cantábrico" porque posee una altísima capacidad gelificante) y esa fragancia me sumió de lleno en mi infancia y adolescencia de una manera un tanto inesperada pero efectiva, sin duda el olor que siempre recordará mi infancia en la playa de la isla de la Virgen del Mar.
DISCO DE LA SEMANA 16/26 "Miles ’56: The Prestige Recording"- MILES DAVIS Género- Jazz Sello- Craft Recordings Fecha de lanzamie...