lunes, 14 de septiembre de 2026

LUZ SOROLLANA


 La luz ya es “sorollana” y al borde del mar una pareja de unos 35 años juega a las palas. Desde mi terraza la visión es formidable, esa luz de atardecer coloreando sus cuerpos. Y, además, juegan bien, da gusto verlos, pocas pelotas caen en la arena. A media milla pasa un barco de pesca, regresa de una faena rutinaria. Y, esta mañana (ya es otro día), pasó por delante de mi apartamento un catamarán que me tiene loco, siempre digo que cuando me toqué el “rasca de la ONCE” me compraré uno igual, el problema es que nunca juego. Mientras hablaba con mi amigo Agustín, al borde de la playa, a unos cuatro metros de nosotros, en el mar, un tiburón atacaba en  el aire a una lubina de buen tamaño, la vimos saltar tres veces con las fauces del tiburón abiertas de par en par y a punto de engullirla. No sé qué habrá pasado finalmente, ley de vida.

Volviendo al maestro Sorolla, siempre descubro en Levante nuevas luces al amanecer y, sobre todo, al atardecer, luminosidades excepcionales. Y recuerdo a Sorolla cada vez que descubro nuevos matices lumínicos, impresionismo en sus obras y en esos momentos fugaces en los que hay que estar bien atento a lo que va sucediendo minuto a minuto. 

Escucho el nuevo disco de  María Dueñas, “Homage to Heifetz”. Quería dormir un poco la siesta, pero estoy tan a gusto que la perdonaré.  

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