El pasado día 2, como es costumbre, se celebró en el pueblo de
Punxsutawney,
Pennsylvania, el
Groundhog Day (Día de la marmota). Señala, aproximadamente, la mitad del periodo entre el solsticio de invierno y el equinoccio de primavera -de forma similar a la fiesta de Halloween, que señala la mitad del periodo entre el equinoccio de otoño y el solsticio de invierno-. La marmota
Phil, así se llama, este año vio su propia sombra al salir de su guarida y vaticinó que quedan seis semanas más de crudo invierno en Estados Unidos.
Ese acontecimiento tan americano a nosotros no nos dice nada pero, sin embargo, indica que ya hemos recorrido medio invierno. Significado especial si vivimos en lugares con clima extremo. Ahora ya no tanto, pero hace algunos años soñaba con qué pasara el invierno apresuradamente. En mi caso significa una especie de enfermedad tener que ir por la calle entumecido a causa del desafiante frío. Desde hace algunos años, creo que ocho o nueve, tengo la suerte de, durante esta gélida época del interior peninsular, poder escaparme unos días al
Mediterráneo. Una vez allí disfruto, por suerte, de un clima más benigno que desentumece mis agarrotados músculos, camino más erguido, disfruto del intenso sol qué, además, calienta. Todo ello adornado de una luz intensa y penetrante que dinamita todos mis sentidos percibiendo la vida, o ese lapso de tiempo, de una manera mucho más evocadora, sugestiva y serena.