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TREN Y BICICLETA



Hace pocas fechas estuve de visita en la Ciudad Condal. Se trataba de un reto personal que llevaba tiempo tramando. Obviamente no era, por tanto, un viaje estrictamente reglado, se trataba de una aventura. Una pequeña aventura que puede realizar cualquiera pero en la que hay que depositar muchas ganas y un pequeño esfuerzo físico.

Me encontraba a doscientos kilómetros de Barcelona y decidí tomar el primer tren del día desde la localidad en la que me encontraba. Hasta ahí todo normal. El tren regional salía a las siete de la mañana y no iba solo, me acompañaba mi querida bicicleta. Así que saqué el billete (las bicicletas en los regionales no pagan) y pregunté al amable expendedor en qué vagón debía colocar la bici. Sonrío y me contestó que la bici iba conmigo, a mi lado siempre y sin perderla de vista.

Entre en uno de los vagones, todos eran iguales, y posé mi bici sobre una de las puertas que se activan automáticamente al llegar a cada estación. ¿Cuántas estaciones habría hasta Barcelona? Me senté en la fila de asientos desde donde controlaba a la perfección la dos ruedas. El tren nacía en la estación donde subí y no había demasiados clientes. Pero poco a poco empezó el barullo de gente. Cada vez que llegaba a una estación debía controlar cual de las dos puertas se abriría dependiendo del lugar donde se encontrará el andén. Casi nunca acertaba, de alrededor de veinte estaciones acertaría en cuatro ocasiones, más o menos. Así qué levántate, retira la bici, deja pasar por un pequeño espacio a los pasajeros, vuélvela a colocar de manera que no moleste a nadie…

El mayor problema vino cuando quedaban pocas estaciones hasta Barcelona. Nos juntamos tres bicicletas en un rectángulo de dos por cuatro metros, taponando las dos entradas y obstaculizando a todas y cada una de las personas que allí subían. En una ocasión una chica tropezó dos veces con mi bicicleta cayendo al suelo en ambas. Durante las dos últimas estaciones tenía la bici encima de mí.

Al fin llegué a Barcelona y recorrí alrededor de sesenta kilómetros urbanos, casi todos de carril bici. Disfruté por Montjuic, una auténtica maravilla para comtemplar sus vistas. Recorrí todo el paseo marítimo, me bañé en el Mediterráneo, sentí pánico junto a los automóviles por el Paseo de Gracia y recorrí con mucha compañía la Diagonal, sin duda la parte más amena y menos peligrosa de Barcelona. Muy difícil atravesar Plaza Cataluña y la Rambla (no me quedó más remedio que recorrerla andando).

Acabé cansado, cada vez que aparcaba la bici tenía que quitar el sillín, poner dos cadenas… pero no paraba de pensar en la penitencia que me esperaba de nuevo en el viaje de regreso a las siete y media de la tarde. No obstante estaba pletórico, había realizado un pequeño sueño y ya lo que restaba de jornada era “pan comido”.

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