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Cuando era muy chiquitín mi abuela me llevaba al cementerio donde estaba enterrada mi madre, pero antes visitaba a familiares y amigos de Campuzano. Tendría cinco o seis años y era un poco enojoso pasar por esa situación en la que todos me besuqueaban, lloraban y, como consuelo, me daban unas monedas. Era un momento embarazoso para mí. Mi abuela que no había podido estudiar, pero era lista como un demonio, se dio cuenta de lo incomodo que me resultaba la situación y no se volvió a producir. Por lo tanto, no volví a “Torlavega” hasta mediados de los 70 para ver los conciertos que se celebraban en el interior del mercado de ganados. Montaban un escenario con grandes bafles y, durante toda la tarde y noche, permanecíamos en nuestros sacos de dormir viendo a Granada, Lole y Manuel, Triana, Sound Electrónic Enciclopédic, Companya Dharma, Bloque, Ibio, Iceberg… Esos macroconciertos se realizaron durante tres veranos y siempre estuve acompañado de mi mejor amigo Cuco. Después me fui a estudiar a Valladolid y ya no regresé con asiduidad a Torrelavega hasta hace un par de años. Fuimos a visitar el mercadillo que se celebra todos los sábados y nos pareció un espacio muy cómodo, con productos alimenticios de la zona: quesos, pan, frutas, verduras… y, también, ropa de todo de tipo. Regresamos cada cierto tiempo y aprovechamos para visitar a Pablo de “Stefano”, en la céntrica calle Consolación, comprar los mejores hojaldres en la confitería Blanco, tomar una Gilda en la clásica taberna Chema y comer en algún restaurante cercano a la plaza roja (Baldomero Iglesias).
Me encanta pasear por el centro de la ciudad, buena parte de ella peatonal. Por sus calles y plazas hay mucha información mediante placas y carteles, uno de ellos está al salir de la Plaza Roja por una de sus calles, explica quién era Baldomero Iglesias. Sintetizando, Baldomero Iglesias (1849-1884), nacido en Torres (Torrelavega), fue un heroico capitán de la marina mercante que murió salvando a 102 personas en el naufragio del vapor "Gijón" en 1884. En su honor, una céntrica plaza de Torrelavega, popularmente conocida como la “Plaza Roja” (recibe su apodo del característico color arcilloso de sus losas) lleva su nombre.
Hace unas semanas visité por segunda vez el Parque de Doñana y me alojé en Matalascañas. En el hotel coincidí con un grupo del Imserso de Cantabria, llegaban desde Santander al aeropuerto de Sevilla y desde allí les trasladaba un autobús a la localidad onubense. Tuve la oportunidad de hablar con varios paisanucos y había varios de Campuzano, cuando se enteraron de que mi madre era natural de allí (se lo había comentado al que parecía el más anciano del grupo), una señora se acercó a mi mesa y me dijo que acababa de jubilarse y, por lo tanto, cerrar un bar que era muy popular en el barrio. Obviamente, yo no lo conocía y la mujer se llevó una decepción. No tuve la confianza suficiente para explicarle lo cruel de esa parte de mi vida y tampoco me apetecía, sin embargo me quedé con las ganas de saber el nombre de ese local tan celebre.
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