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martes, 9 de junio de 2026

LA CALOCA Y LA MAGDLENA DE PROUST



Fotografía- "EltomavistasdeSantander"

Estoy acabando de leer "Despedidas”, del novelista británico Julian Barnes, y en uno de los capítulos se refiere a como en su época universitaria él y sus compañeros de piso tostaban pan para camuflar el perfume de una chica que visitaba, sin permiso, su habitación. En la literatura, el ejemplo clásico de los olores que evocan el tiempo pasado es el famoso episodio de la "magdalena" de Marcel Proust. El olor y el sabor de este dulce sumergen al protagonista en su infancia de manera involuntaria. 

Los olores de nuestra infancia nos traen grandes oleadas nostálgicas, pero mientras lo leía pensaba en los que podrían ser olores con recuerdos personales del paso de tiempo. Me costó encontrar uno y fue el que rememoraba las cenas con mis abuelos. Ellos tenían carencias económicas y solíamos cenar una sopa Knorr de verduras en sobre, lista para cocinar en pocos minutos desprendiendo un aroma muy peculiar que me quedó marcado para siempre. Mi abuelo la solía acompañar de uno de esos arenques que se vendían en  cajas redondas de madera y que se solían colocar en el mostrador de los "ultramarinos" y eran consumidos por las clases menos desfavorecidas, puesto que eran relativamente baratos. Mi abuelo los presionaba contra la puerta de la cocina con un papel de estraza para quitarle la piel y luego comérselo en un sustancioso bocadillo. Yo intenté consumirlos, pero tenían un sabor demasiado fuerte para un niño. Mi abuela y yo complementábamos la cena con una lata de sardinas que compartíamos, un huevo cocido, un filete de lomo con patatas o una tortilla francesa. 

Al día siguiente, como por arte de magia, mientras seguía leyendo el libro en la playa, me vino un fuerte olor a “caloca” (nombre popular que recibe en Cantabria un tipo de alga roja marina del género Gelidium que las corrientes marinas y los temporales la arrancan del fondo del mar, arrastrándola hasta las playas en grandes acumulaciones llamadas "arribazones", donde los recolectores locales la recogen a paladas o con redes. De la “caloca” se extrae el Agar-agar que es considerada el "oro rojo del Cantábrico" porque posee una altísima capacidad gelificante) y esa fragancia me sumió de lleno en mi infancia y adolescencia de una manera un tanto inesperada pero efectiva, sin duda el olor que siempre recordará mi infancia en la playa de la isla de la Virgen del Mar.

viernes, 13 de febrero de 2026

CANCIÓN DE INVIERNO (2)


No he vuelto a Santiago. Como decía en el texto publicado en enero de 2010 (hace quince años), la visité por primera vez a principios de los años 70 y, luego, varias veces en los años 1980-1981 con motivo de mi servicio militar en Ferrol. Me desplacé varios fines de semana en mi Dyane 6, siempre en solitario. Pasaba la noche del sábado en una pensión y volvía a Ferrol después de comer los domingos. No creo que tarde demasiado en regresar, tengo muchas ganas de recorrer de nuevo Galicia, ese año y medio que pasé allí me trae buenos recuerdos. Era joven.

"Conocí Santiago cuando tenía catorce o quince años. Se trató de un viaje de quince días en un Seat 124. Los pasajeros: mi padre, mi hermano, mi hermana y yo. Sin duda, un viaje de placer sin especificación, sin establecer límites, sin reserva de hoteles, sin destinos premeditados. Toda una aventura para un niño de mi edad. Apasionante.

Partía de Santander y recorría la Cornisa Cantábrica occidental, Galicia y el norte de Portugal.
Tengo recuerdos fotográficos, estampas inconclusas, borrosas experiencias, pero, el poso, el retrogusto, se simplifica en una sensación placentera, emotiva y, hasta cierto punto, exclusiva y exótica. Tenía la sensación de sentirme libre, acompañado, además, por la mayoría, entonces, de mis seres queridos.

Hoy, después de varios días sin escribir en mi blog, rompo esa abstinencia, precisamente, reitero, en el regreso a la letra escrita, a la palabra resumida, al acto de reivindicar la amistad y me encuentro, no sé por qué -o, tal vez sí-, con el trovador que descubrí a comienzos de los ochenta, cuando vagaba solitario (casi siempre) por la triste, melancólica, desnuda y húmeda Compostela. De repente, me ha vuelto a la memoria la Plaza de Platerías, La Rua do Franco y sus vieiras, la calle del Villar, las noches en el Paraíso Perdido y sus absentas bañadas en agua, Modus Vivendi (caballerizas del palacio de Somoza), el parque de la Alameda y su peculiar fotógrafo …

Intentaba descubrir el mundo resguardado en locales vanguardistas, de ambiente universitario, con olor a tabaco prohibido (o no tanto), en cafés con solera, en soledad acompañada y, resulta, que fui descubriéndome a mí mismo, sin despertar sobresaltos, sin interrumpir revelaciones. En un local, ahora no recuerdo el nombre –lástima-, en la parte nueva de Santiago, que tan poco transitaba, me topé con Silvio. Era invierno, los inicios de los ochenta y, claro, estaba enamorado. Ahora, Silvio me parece algo trasnochado, pero entonces fue una experiencia descubrir su poesía desgarrada. Todavía merece la pena".

8 de enero de 2010

lunes, 9 de febrero de 2026

VER NEVAR TRAS LA VENTANA DE LOS SUEÑOS (2)



Este invierno está siendo especialmente duro, se van sucediendo borrascas y danas con nombres propios. Ahora esperamos a "Marta", una borrasca que transporta aire húmedo y relativamente cálido para la época del año, que está dejando muchas precipitaciones en toda la península. 
Días atrás nevó intensamente en Zamora, nunca había coincidido con una nevada así. Recordé, cómo no, a mi querida Soria y los cientos de nevadas vividas y recordé el texto que viene a continuación y que escribí en el salón de mi piso de Eduardo Saavedra en la capital soriana en noviembre del 2008 , nada menos que hace diecisiete años y medio, recién cumplidos 51 años.

"No es más quién más alto llega

sino aquel que, 

influenciado por la belleza que le envuelve,

más intensamente siente".                                          Maurice Herzog


"Ver nevar -tras la ventana- me produce una sensación sedante. Mi mente empieza a volar libremente trasladándome a escenarios placenteros. Esos pensamientos siempre concurren en dos contextos repetidos tenazmente. Si me encuentro en mi trabajo desearía estar en casa asomado a la ventana del salón, que es, sencillamente, la que más vistas tiene al exterior. En ese momento, justo como ocurre ahora, desearía comprobar que los kilómetros de llanura castellana, con montañas al fondo, van cubriéndose de un hermoso manto blanco. Mientras tanto disfruto de una música relajada, clásica a poder ser, de una temperatura cálida en mi apartamento y de unas vistas que cambiarán por un momento su cotidianidad. Si no estoy en el trabajo y me encuentro en mi domicilio -bajo los efectos descritos o similares- mis pensamientos se trasladan a los primeros años que viví en Soria. Por entonces, los inviernos eran más crudos. En la actualidad nieva rara vez y es poco habitual que la nieve cuaje sobre el terreno. Llegué a Soria a principios de noviembre (1978) y rápidamente me sorprendió el invierno. Cuando nevaba era fiesta para mí, disfrutaba como un niño. La falta de costumbre, claro. Vivía en la calle Virgen del Espino, al lado de la Iglesia del mismo nombre y muy cerca del Cementerio. Cuando el manto de nieve estaba consolidado calzaba mis botas, me abrigaba con la ropa más adecuada y caminaba, dejando plasmadas mis huellas sobre la nieve virgen, hasta el castillo. Desde allí admiraba las asombrosas vistas en todas las direcciones. Son momentos que me han quedado grabados para siempre.

Otra imagen fotográfica que permanece en mi retina se traslada a principios de los años ochenta. Recuerdo que era mi despedida antes de incorporarme al servicio militar. Estaría fuera año y medio. Paseaba en mi automóvil Dyane-6, junto a mi novia, por Valonsadero (un paraje natural muy extenso a las afueras de Soria). Sonaba música de Dire Straits e iba muy despacio. El paisaje estaba nevado y parábamos en todos los rincones que nos parecían apetecibles. Los humedales estaban helados produciendo efectos sorprendentemente bellos. Me embargaba la tristeza de separarme de mi ser querido y de asumir una misión que odiaba a más no poder. Era uno de los momentos más tristes de mi vida y todo permanecía blanco. Blanco por fuera y negro por dentro. La nieve, una vez más, era mi compañera en tiempos revueltos. Esa misma nieve que ahora cae perezosa, sin prisa por llegar al suelo, que envuelve mi tiempo real en otros momentos que pasaron pero que forman parte de unos sentimientos solidificados haciéndome afrontar la vida con alegría e ilusión.

Ya no nieva, mis pensamientos dejan de aflorar, ya no escribo y sigue siendo lunes. Un lunes diferente".

24  de noviembre de 2008

VERANO DE CALOR

Zamora arde. Estamos a finales de junio y hace un calor tremendo. Menos mal que me voy   mañana a Santander… No puedo vivir con este calor, ...