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CUENTO DE NAVIDAD II



Catedral de Zamora, Río Duero y Aceñas. Foto. Luis López

Suena Morrissey mientras intento escribir. La canción habla de Los Ángeles. No recuerdo su título. Curiosamente, durante el verano, pude escucharla en directo. Ese día fue muy caluroso, justamente lo contrario de lo que ocurre hoy. En este preciso instante me encuentro en un café de Zamora y agradezco la música, tan familiar para mí, y el amparo al terrible frío que azota en el exterior.
Hace dos años, más o menos, escribí una entrada en mi blog sobre la compra de productos para la cena de Navidad

Hoy, día 24 de diciembre, he vuelto a las andadas. Eran cerca de las nueve de la mañana y la temperatura exterior se situaba en ocho grados bajo cero. Mi coche “Iregua” estaba congelado. Hice de tripas corazón y me dirigí al centro comercial de todos los años. Pero, como siempre -el hombre es el animal que tropieza más de una vez en la misma piedra- llegué con anticipación (y alevosía). ¿Qué se puede hacer con ocho grados negativos esperando a que abran un centro comercial? Aparte de resignación, poca cosa. Faltaban veinte minutos para abrir. Miré a mí alrededor y vi, a pocos metros, un tren de lavado de vehículos. Me chocó que funcionara con tantos grados bajo cero. Dos personas aparecían sombreadas tras una espesa capa de vapor. No daba crédito, estaban lavando sus coches. Ni corto ni perezoso me dirigí hacía allí. “Iregua” merecía un baño por Navidad. Estaba lleno de sal por culpa de las últimas nevadas. Introduje los euros preceptivos y armado con la pistola diluviana lo remoje de arriba abajo. Pronto el agua del techo se heló debido al frío. Se trataba de un efecto curioso y duradero. Contemplaba, por momentos, que mi coche quedaba completamente helado. Cuando daba vueltas a su alrededor el suelo estaba, igualmente, cristalizado. Ciertamente era una estampa surrealista, digna de Harold Lloyd en su escena colgado del reloj. Me agarraba a la manguera para no caer resbalando por los cuatro lados del coche, todo cubierto de hielo. Cuando acabó el trabajo me senté en su interior con el corazón latiendo a toda velocidad. No veía nada. Salí de allí con precaución, el agua congelada formaba una gruesa capa de hielo en el camino hacía la carretera. Cuando llegué, de nuevo, a mi destino pude respirar. Mis manos estaban heladas y los músculos ateridos. Faltaban escasos minutos para abrir el hipermercado. Me pertreché con guantes y gorro esperando en la puerta. Cuando el vigilante jurado accionó la puerta fui a toda velocidad al departamento del pescado. Tuve la suerte de coger el número uno para el marisco y el dos para el pescado. Luego me entretuve comprando algún disco y revistas. Llegué a casa, dejé el producto y volví a salir más relajado. A los pocos minutos un familiar me preguntaba por el rodaballo. ¿Pero no está con lo demás?, respondí. Pues no, me contestó. Pensé que se había quedado en el maletero del coche pero, sorprendentemente, no se encontraba allí. Llegué al centro comercial extenuado. La chica que me había atendido me informó que me lo había dejado sobre la cinta de la caja. Debía ir a información. Al cabo de pocos minutos el rodaballo estaba en mis manos. La operación Navidad daba por terminada.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Qué bello el reflejo del castillo en el agua...claro, por el volumen no será del todo perfecto, pero aún así encanta.

¿Ocho grados bajo cero a las nueve de la mañana? Joder...me gusta el frío, pero me pregunto si podría aguantar tanto (no con un automóvil a cargo, al menos). Y las compras navideñas de última hora...un caos donde las variables de gente a última hora y comercio que cierra más temprano se confabulan de forma trágica haciendo, por ejemplo, que olvides el rodaballo.

Saludos afectuosos, de corazón.

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