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MAYORES AL VOLANTE


En uno de los suplementos del diario EL PAÍS del pasado domingo Elvira Lindo firma un artículo sobre las personas mayores. En su escrito se refiere a esas personas como viejos. A nivel personal no me importa esa denominación, es más, sirve para entendernos mejor, aunque al ser técnico de la Gerencia de Servicios Sociales de la Junta de Castilla y León debo defender denominarles, por respeto, personas mayores. Simplemente como matización antes de meterme en faena.

Un amigo americano de Elvira le cuenta que su madre, que ha vivido siempre en un pueblecito de Maine, tendrá que irse a una residencia porque, a sus ochenta y cinco años, no se encuentra ágil para conducir.
Curiosamente el automóvil, en el que se basa la cultura y la economía de Estados Unidos – no es casualidad el dicho: “What is good for General Motors is good for the US” (lo que es bueno para General Motors es bueno para Estados Unidos)-, es el culpable del desarraigo de algunas personas de cierta edad.

El dato me es familiar. Cuando no vives en el centro de una ciudad el coche es una herramienta necesaria. Para ir al médico, a la farmacia, a la compra, para realizar cualquier actividad ineludible debemos utilizarlo. Todo está lejos de casa. No podemos ir andando. Tengo un amigo de setenta y cinco años que pasa medio año en Zaragoza y otro medio en Peñíscola. Mi madre tiene setenta y ocho y vive a pocos kilómetros de Santander capital. Ambos utilizan su vehiculo para desplazarse. Mi amigo realiza el desplazamiento Zaragoza-Peñíscola, o viceversa, conduciendo. Aunque me ha dicho que tan sólo lo hará durante dos o tres años más. Mi madre sólo utiliza el coche en desplazamientos cortos. Desgraciadamente ha tenido últimamente un par de golpes en alguna rotonda y, además, dice que conduce con lentitud y otros conductores le propinan insultos de todo tipo (y de muy mal gusto). Tanto mi amigo como mi madre han sido buenos conductores, pero con la edad, ellos mismos lo reconocen, van perdiendo facultades.(Las previsiones para el futuro son que en 2010 aproximadamente un millón de personas de más de 80 años circularán por nuestras carreteras).

Las personas vivimos, por regla general, tres edades correspondientes a la denominada “tercera edad”: la cronológica que señalan los años (esa no engaña), la biológica que marcan las arterias y la psicológica que apunta el corazón. La vejez aparece en un cierto momento, de manera silenciosa, poco a poco, y es una realidad con la que debemos convivir. La vida es similar a la navegación. Hay un puerto de salida y otro de llegada. Dejar de conducir es una de las pruebas que indica que pasamos a otro ciclo. En unos casos, esa dependencia de nuestro coche, nos jugará una mala partida condicionándonos como a la madre del amigo de Elvira. En otros, esa limitación podrá ser asumida con el apoyo incondicional de los familiares, el caso de mi madre y de mi amigo. Y aunque lleguemos a otra etapa de nuestra vida debemos continuar siendo optimistas y siempre tener presente que en el puerto de llegada nadie nos realizará una prueba de conducción, ¡Faltaría más!. Mientras tanto: CARPE DIEM.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Mi abuelo, cuando ya no podía conducir, se dedicaba los fines de semana a mirar el coche, lo arrancaba, le miraba el agua, el aceite, y así se sentía menos no-apto para conducir.
Si un anciano es peligroso al volante es porque ha perdido sus aptitudes para manejar un automóvil. La vista, en especial, y los reflejos, se van deteriorando o ralentizando con la edad, pero eso no significa que sean inútiles.
maria gemma ha dicho que…
Cierto es que con la edad se van perdiendo los reflejos... por aquí hay personas mayores, circulando con sus coches... despacio y con buena letra... mejor que muchos jóvenes demasiado rápido... saltándose muchas normas y provocando mas de un susto... y mas de un accidente...

Cuando una persona mayor llega al punto de tomar la decisión de no conducir... en ocasiones se toma, no porque ya no tenga capacidad o reflejos (que aunque estos se merman con la edad, los adaptan) sino por la prisa y los improperios de los que supuestamente tienen mejores o mas jóvenes reflejos... que hacen que se sientan agobiados.

El sentimiento de empatia... no existe...

Ya veremos que pensamos si llegamos a esa edad...

Un abrazo
Anónimo ha dicho que…
Yo uso la palabra “viejo” sólo si la persona tiene mala leche , que suele darse…pero en los demás casos, soy incapaz. El dicho de “viejos son los muebles, los objetos, pero no las personas” aún resuena en mi cabecita.

El tema que tocas me parece uno de los detectores del paso definitivo, sí, y yo observo con expectación cómo mi padre aún conduce el suyo, con 82, sin necesidad ninguna , pero como una de las pocas cosas que no le han superado todavía. Es una imagen que me cuesta observar, sinceramente, porque sé que cualquiera puede ser la última.
Pero que le quiten lo bailao.
Muy bueno lo del puerto de llegada: yo añadiría que ahí no preguntan nada, te “abducen”, y ale, pa’ dentro. Las preguntas van siempre en la travesía, entre los compañeros de viaje.

Sorry por la extensión del coment, pero es que estoy de fiesta… :))
Besos
Marino Baler ha dicho que…
Se dice, a modo de crítica, que a partir de cierta edad ya no están para conducir por los accidentes que pueden provocar, ahora bien, sería interesante saber en cuantos accidentes de tráfico hay involucrados los llamados de la tercera edad. No hay más que salir a la carretera y observar que los más temerarios son gente joven con plenas facultades para conducir.

Un saludo.
Anónimo ha dicho que…
Tengo mis observaciones acerca de personas mayores de setenta años manejando...no por los riesgos potenciales para los demás por la evidente falta de reflejos en algunos sino que por el daño potencial para ellos mismos. Esto, en el entendido que no debe de ser generalizado.

Hay carreteras que están diseñadas para una mayor velocidad porque tienen las medidas de seguridad para ello...y andar a 50 en una vía de 100 causa perjuicio al tráfico, en cierto sentido.

Saludos afectuosos, de corazón.

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