Al margen de esas aves, también tuve la suerte de ver la peregrinación de la Hermandad del Rocío de Huelva, acompañada por la Hermandad de Granada. Son muchos los onubenses que realizan la peregrinación, o bien acompañan a la hermandad directamente en la aldea. Lo cierto es que había miles de personas, vehículos, caballos… y pude contemplar el afecto y la devoción a “la Blanca Paloma” o “Reina de las Marismas”. La tradición cuenta que en el siglo XIII, un cazador encontró una imagen de la Virgen en un árbol en la zona de la Rocina. Se le atribuyen milagros relacionados con la lluvia y la protección. Cada año, durante la festividad de Pentecostés, cientos de miles de devotos de diversas hermandades realizan el camino hacia la aldea de El Rocío para venerar a la Virgen, pidiendo protección y ayuda. Para ellos, la Virgen del Rocío es una figura materna, "esposa del Espíritu Santo", que fortalece la fe y se transmite de generación en generación. El afecto se manifiesta en cantos, rezos, "vivas" y la procesión del "salto de la reja".
Estuve un momento dentro de la iglesia contemplando el fervor y los cantos a la Blanca Paloma, luego la procesión con los participantes vestidos con sus mejores galas. Fue algo realmente costumbrista. Me encantó disfrutar de la fiesta en un día especialmente caluroso. La aldea estaba abarrotada y costaba caminar por la arena que lo cubre todo para beneficio de los caballos. Finalicé mi estancia ese domingo comiendo un plato de jamón de la sierra de Aracena en la Taberna de Manuela, donde tuve que esperar un buen rato para “hacer un pis”. Cuando salió la persona que estaba en el váter me dijo: “tenía dentro más agua que la marisma”.
Regresamos un par de días más tarde, el martes siguiente, pero no había casi nadie en la aldea, todo estaba cerrado y era un contraste tremendo con el día de la peregrinación.


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