"A sus 25 años, Sara está a punto de grabar un disco de jazz en Nueva York, pero, tras la muerte de su padre, regresa a su pueblo natal en el Pirineo oscense. Allí hereda, junto a su hermana, una granja y un rebaño de ovejas. Invadida por la culpa de no haber estado con su padre en sus últimos años, rechaza la propuesta de vender el rebaño y decide preservar su legado. Sara está dispuesta a luchar por ello, aunque eso implique renunciar a la carrera musical que tanto esfuerzo le ha costado".
Conozco, un poco por encima, el duro mundo rural al haber vivido 44 años en Soria, el sacrificio que significa tener ganado en cualquier lugar del mundo, pero, sobre todo, en lugares de la llamada "España vaciada". La ópera prima de la directora Gala Gracia, manchega que creció en Benabarre, pueblo oscense de la Ribagorza, está rodada en el Pirineo Aragonés, basada en su experiencia personal por el fallecimiento de su padre y su regreso de Londres al pueblo donde había crecido. Trata de un sentimiento, profundo y vital, que surge de la culpa por la ausencia (a quien no le ha pasado).
El filme muestra a unos personajes auténticos, luchadores, mantenedores de costumbres y hábitos que no se pueden perder. Hay mucha tristeza y pocos motivos de alegría. El día a día es sacrificado y monótono, pero enriquecedor al máximo. Reflexiona sobre la importancia de las raíces familiares y el sacrificio de los sueños en favor de la tradición. Es una visión intimista de la vida rural, un retorno a las jornadas en los que el universo no abarcaba más allá de las montañas que tapaban el horizonte de la vista de sus protagonistas.
Puntuación- 7/10

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