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LA NATURALEZA ES SABIA Y, A VECES, CRUEL


Cuando llegué habían instalado un nido encima de la ventana de mi habitación. Varios pajaritos piaban asomando sus cabecitas. Cada diez minutos aproximadamente un gorrión traía comida a los pollitos. Eran tres. Lo sé porque asomaban sus piquitos para que su madre o su padre (tal vez los dos) depositaran de manera equitativa y proporcional la comida trasportada desde el exterior.

Al amanecer me despertaba el sonoro repicar de los polluelos coincidiendo con la primera comida del día. Calculé que proveían de comida a sus crías unas ochenta veces al día. Debido a su tamaño comenté que no durarían mucho dentro de su nido. Era viernes. El miércoles siguiente los gorriones se hicieron repentinamente mayores y abandonaron su hogar. Sus padres no daban crédito. Acechaban una y otra vez el nido buscando a sus polluelos, aunque sus rutinas eran inservibles, no estaban y tal vez se preguntaban qué había pasado. La naturaleza es sabia pero muchas veces es cruel. Uno de los padres ocupó el nido buscándolos dentro desconsolado. No dejaba de piar de manera estrepitosa. La pareja permanecía unida, no se separaban casi nunca, con el ánimo puesto en el retorno de los pequeños, supongo.

Hoy es sábado y debo abandonar este estruendoso entorno. Todo sigue igual, los gorriones adultos aferrados a su nido, esperando incansablemente a sus polluelos desaparecidos.

Los animales nos enseñan aspectos importantes sobre la naturaleza y su funcionamiento. Las experiencias fuera de casa hacen madurar mucho antes. Vida solo hay una y hay que tratar de exprimirla al máximo, aunque, considero, se debe dejar una nota a quién ha cuidado mimosamente de nosotros, diciendo, al menos, el rumbo que hemos tomado.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Ese último párrafo es certero como el agua. Gracias por tu ética. Beso y cariño.

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