No he vuelto a Santiago. Como decía en el texto publicado en enero de 2010 (hace quince años), la visité por primera vez a principios de los años 70 y, luego, varias veces en los años 1980-1981 con motivo de mi servicio militar en Ferrol. Me desplacé varios fines de semana en mi Dyane 6, siempre en solitario. Pasaba la noche del sábado en una pensión y volvía a Ferrol después de comer los domingos. No creo que tarde demasiado en regresar, tengo muchas ganas de recorrer de nuevo Galicia, ese año y medio que pasé allí me trae buenos recuerdos. Era joven.
"Conocí Santiago cuando tenía catorce o quince años. Se trató de un viaje de quince días en un Seat 124. Los pasajeros: mi padre, mi hermano, mi hermana y yo. Sin duda, un viaje de placer sin especificación, sin establecer límites, sin reserva de hoteles, sin destinos premeditados. Toda una aventura para un niño de mi edad. Apasionante.
Partía de Santander y recorría la Cornisa Cantábrica occidental, Galicia y el norte de Portugal.
Tengo recuerdos fotográficos, estampas inconclusas, borrosas experiencias, pero, el poso, el retrogusto, se simplifica en una sensación placentera, emotiva y, hasta cierto punto, exclusiva y exótica. Tenía la sensación de sentirme libre, acompañado, además, por la mayoría, entonces, de mis seres queridos.
Hoy, después de varios días sin escribir en mi blog, rompo esa abstinencia, precisamente, reitero, en el regreso a la letra escrita, a la palabra resumida, al acto de reivindicar la amistad y me encuentro, no sé por qué -o, tal vez sí-, con el trovador que descubrí a comienzos de los ochenta, cuando vagaba solitario (casi siempre) por la triste, melancólica, desnuda y húmeda Compostela. De repente, me ha vuelto a la memoria la Plaza de Platerías, La Rua do Franco y sus vieiras, la calle del Villar, las noches en el Paraíso Perdido y sus absentas bañadas en agua, Modus Vivendi (caballerizas del palacio de Somoza), el parque de la Alameda y su peculiar fotógrafo …
Intentaba descubrir el mundo resguardado en locales vanguardistas, de ambiente universitario, con olor a tabaco prohibido (o no tanto), en cafés con solera, en soledad acompañada y, resulta, que fui descubriéndome a mí mismo, sin despertar sobresaltos, sin interrumpir revelaciones. En un local, ahora no recuerdo el nombre –lástima-, en la parte nueva de Santiago, que tan poco transitaba, me topé con Silvio. Era invierno, los inicios de los ochenta y, claro, estaba enamorado. Ahora, Silvio me parece algo trasnochado, pero entonces fue una experiencia descubrir su poesía desgarrada. Todavía merece la pena".
8 de enero de 2010

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