Rambal era el apodo de Alberto Alonso Blanco (1928‑1976), un vecino muy querido del barrio de Cimavilla en Gijón. Fue un transformista que murió asesinado en Gijón. Se hizo famoso por su carácter entrañable, su presencia cotidiana en las calles del barrio y sus historias y anécdotas que contaba a todos. Para los gijoneses, Rambal se convirtió en un símbolo del espíritu de Cimavilla: cercano, simpático y muy ligado a la vida del puerto y del barrio antiguo.
Nacido en Gijón el 29 de mayo de 1928, su vida estuvo ligada al barrio de Cimavilla. De ambiente pesquero, era también el barrio de las prostituas. Por las mañanas Alberto ayudaba a las mujeres del lugar y por las noches se transformaba en Rambal. Reconocido homosexual, también fue activista en pro de los derechos del colectivo.
Fue asesinado en casa, a la edad de 47 años, la noche del 19 de abril de 1976. Además de matarlo, dieron fuego a la vivienda. El agua empleada por los bomberos y los métodos rudimentarios de la policía para abordar la investigación del crimen llevaron a su no esclarecimiento.
Murió cinco meses después que Franco. Lo cosieron a puñaladas en su casa de la plaza de "les Monjes", hoy Arturo Arias. El asesino quemó la vivienda antes de huir en un intento por borrar sus evidencias. Logró que no le identificasen, pero no consiguió borrar la historia de uno de los personajes más queridos y singulares del barrio.
Pocas cosas han conseguido hacer callar a lo largo de la historia a las pescaderas de Cimavilla. Pero la muerte de Rambalín les hizo enmudecer. En el lavaderu al que a diario acudía Rambal para lavar su ropa. «Era la alegría del barrio. Cuando lo veíamos llegar ya estaba con las bromas desde lejos, era la madre que lu parió. Vivió siempre como quiso vivir y sin rendir cuentas a nadie, yo creo que era feliz a su manera, que al final es lo que cuenta...», comenta Mari 'la Chata', una de las pocas vecinas históricas del barrio que recuerda la figura del singular personaje.
«Lo mataron con un estilete, un arma muy utilizada por los delincuentes en aquella época. Le acuchillaron y luego el autor colocó el cuerpo inclinado en la cama, con los pies fuera sobre un montón de ropa para hacer una pira y que las llamas prendiesen y carbonizasen el cadáver», rememora Carlos Montero, el médico forense que hace cuarenta años practicó la autopsia al cadáver de Rambal.
Su figura se convirtió en parte del imaginario popular local: incluso después de su fallecimiento, muchos recuerdan su forma de andar, su conversación y su humor. Por eso el barrio decidió rendirle homenaje con una estatua de bronce en la Plaza del Lavaderu.
Su figura se convirtió en parte del imaginario popular local: incluso después de su fallecimiento, muchos recuerdan su forma de andar, su conversación y su humor. Por eso el barrio decidió rendirle homenaje con una estatua de bronce en la Plaza del Lavaderu, que lo representa sentado, en actitud relajada, para reflejar su carácter afable y cercano.
En resumen, Rambal no fue famoso por un arte concreto ni por una obra pública, sino por ser “el vecino del barrio”, alguien que encarnó la vida y el alma de Cimavilla, y que se ganó el cariño de toda la ciudad.
Nacido en Gijón el 29 de mayo de 1928, su vida estuvo ligada al barrio de Cimavilla. De ambiente pesquero, era también el barrio de las prostituas. Por las mañanas Alberto ayudaba a las mujeres del lugar y por las noches se transformaba en Rambal. Reconocido homosexual, también fue activista en pro de los derechos del colectivo.
Fue asesinado en casa, a la edad de 47 años, la noche del 19 de abril de 1976. Además de matarlo, dieron fuego a la vivienda. El agua empleada por los bomberos y los métodos rudimentarios de la policía para abordar la investigación del crimen llevaron a su no esclarecimiento. Y así sigue.
Murió cinco meses después que Franco. Lo cosieron a puñaladas en su casa de la plaza de les Monjes, hoy Arturo Arias, la madrugada del 19 de abril de 1976. El asesino quemó la vivienda antes de huir en un intento por borrar sus evidencias. Logró que no le identificasen, pero no consiguió borrar la historia de uno de los personajes más queridos y singulares del barrio alto.
Pocas cosas han conseguido hacer callar a lo largo de la historia a las pescaderas de Cimavilla. Pero la muerte de Rambalín, a los 47 años, las hizo enmudecer. Y llorar. En el lavaderu al que a diario acudía el transformista para tener su ropa como una patena el vacío que dejó fue inmenso. «Era la alegría del barrio. Cuando lo veíamos llegar ya estaba con las bromas desde lejos, era la madre que lu parió. Vivió siempre como quiso vivir y sin rendir cuentas a nadie, yo creo que era feliz a su manera, que al final es lo que cuenta...», comenta Mari 'la Chata', una de las pocas vecinas históricas del barrio que recuerda la figura del singular personaje.
«Lo mataron con un estilete, un arma muy utilizada por los delincuentes en aquella época. Le acuchillaron y luego el autor colocó el cuerpo inclinado en la cama, con los pies fuera sobre un montón de ropa para hacer una pira y que las llamas prendiesen y carbonizasen el cadáver», rememora Carlos Montero, el médico forense que hace cuarenta años practicó la autopsia al cadáver de Rambal.


